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Resumen
- 07/02/2008 17:00 - (142/66) Nausea
- 11/02/2008 10:13 - (143/66) FELICIDADES, MI ALMA.
- 24/02/2008 14:50 - (144/66) Pétalos y espinas.
(142/66) Nausea
Como una nausea las palabras me inundan el estómago, trepan por mi tráquea y se agolpan en mi garganta; la sensación de ahogamiento me angustia. Trago saliva en vano intento de suavizar esa sensación, respiro por la nariz, profunda y lentamente, no consigo nada. Siguen luchando por salir. Me deslizo hasta el suelo apoyando la espalda en la pared, rodeo mis piernas con los brazos en un triste intento de abrazo consolador, recuesto mi cabeza en las rodillas y trato de no pensar. La cabeza se llena de imágenes, sonidos, olores… abarrotándose, complicando la nausea con un mareo intenso. Todo gira. Aprieto mis piernas con más fuerza para recuperar la serenidad. Sigo apretando, mi cuerpo se pone tenso y el tiempo transcurre sin sentido.
La nausea ha pasado aunque la sensación de profundo asco ha quedado grabada en mi cerebro. Tengo la lengua encorchada, seca, áspera. Empiezo a moverla para que la saliva acuda y me quite el sabor acre y amargo de la angustia. Me roza con el paladar como si fuera un papel de lija. Me recupero lentamente de un nuevo episodio que, por conocido, aún me destruye un poco más.
Las palabras siguen ahí, desconcertadas, asumiendo que volverán a ser devoradas por un nuevo silencio. No puedo permitir que salgan, no quiero volver a escuchar frases como: Creo que ya te lo advertí…, ya deberías saberlo…, frases manidas que no soporto, que no conducen a nada y que entierran mis palabras en una tumba a perpetuidad. Tampoco me puedo permitir, de verdad, no puedo, escuchar una historia remotamente parecida cuando mi boca, tras un supremo esfuerzo para superar mi exagerado pudor, se desangra en esas palabras que me destrozan las entrañas mientras pugnan por salir. En serio, no me puedo permitir en esos momentos escuchar lo que pasó en una situación que no tiene nada que ver con la mía porque, ni se parecen ni somos iguales; cada persona siente y padece de una manera determinada, los motivos son diferentes, las causas son diferentes y, por lo tanto, los efectos son diferentes, no hay posible comparación, la similitud es imposible.
Necesito un escuchador, alguien que no opine, que no critique, que no juzgue, que no diagnostique, que no haga reproches, que no teorice, que no me abronque, ni que se convierta en protagonista de un momento, mi momento, al que me cuesta horrores llegar… necesito alguien que se limite a escuchar. Que hable si es necesario, cuando yo desfallezco en el intento de romper la lápida bajo la que están enterradas mis palabras, ésas que describen lo que siento, como lo siento, como me siento… Que se convierta en mis oídos para que yo, a través de ellos y de mi voz, pueda tornar a la cordura.
"Gracias, mis niñas"
(143/66) FELICIDADES, MI ALMA.

Hoy, hace años nació alguien único e irrepetible. Alguien que ha sabido robarme el corazón, el alma y la vida, pero que eso no me provoca inquietud, más bien al contrario, me da serenidad, tranquilidad y seguridad pues sé que están en buenas manos. Hoy para mí es un día de culto pues me resulta tan extraño que alguien tan especial me ame que, a veces, me pierdo en la incredulidad: no puedo creerme la suerte que he tenido.
Estamos lejos y sé que no siempre llevo bien esa distancia, que hay momentos de desfallecimiento y de soledad insalvable pues es duro no poder disfrutar de tu sonrisa, de tus besos, de tu abrazo, del contacto de tu cálida piel, de la complicidad cotidiana, de los amaneceres compartidos, del íntimo hasta mañana, de tu hombro, de tu consuelo… no es fácil y lo sé porque lo vivo en mi piel cada día. Todo eso tiene un nombre: Añoranza. Te añoro con toda la fuerza de mi ser. Pero eso son solo eso… momentos. El resto del tiempo es amor, deseo, calidez, infinita ternura, pensamiento único, futuro compartido, esperanza, ilusión, gratitud… Mis manos, mi corazón y mi alma recorren una y otra vez aquel arco iris que tendiste entre nosotras, tu recuerdo convierte mi sangre en ardiente lava recorriendo mis venas; mis sentimientos, como barcos desarbolados tras una tormenta, se refugian en tu puerto buscando la calma necesaria e imprescindible.
Sé que es un día muy complicado, que la nostalgia se adueñará de tu espíritu, los sentimientos se desangrarán en otra batalla perdida contra la tristeza, nubarrones de angustia cubrirán tu cielo y tus ojos de noche se inundarán de gotas de doloroso rocío. Estoy a tu lado abrazándote en silencio, bebiendo cada lágrima derramada, acariciando tu corazón para calmar su pesar, dejando transcurrir el tiempo necesario para que tu desconsuelo se diluya en el sueño agotado tras el llanto amargo, velando tu descanso para que nada lo perturbe.
A mi cabeza vuelve la primera entrada que escribí pensando en ti, aquella primera conversación que ya adiviné distinta a otras, aquel primer contacto que me llenó el corazón con los colores de tu alma … me gusta estar en tu vida y en tu pensamiento porque no conozco ningún otro lugar donde pudiera estar mejor. Tú ocupas todo mi mundo, eres la dueña y señora de éste mi minúsculo mundo. Por eso este día es muy especial para mí, tal día como hoy hace unos años nació un ángel: Tú, Mi Ángel; y yo he tenido la inmensa fortuna de encontrarte.
FELICIDADES, Mi Alma, quisiera regalártela pero no puedo: ya es tuya.
(144/66) Pétalos y espinas.
La vida, como las rosas, tiene aterciopelados pétalos y también, como ellas, afiladas y punzantes espinas. Nos envuelve con su fragante aroma, impulsándonos a cerrar los ojos para disfrutar y dejarnos envolver por su fragancia y, cuando nos descuidamos, nos lacera la piel hasta hacernos sangrar. Siempre nos sorprende porque nunca esperamos tanto dolor de algo tan bello. Hay una frase que he leído en el acogedor hogar de Darilea (perdóname la licencia, mi niña) que dice: “Siempre queda perfume en las manos de quien ofrece rosas”. Cada vez que la leo me gusta pensar además que quien las ofrece se ha brindado a correr el riesgo de lastimarse en las espinas pero también se arriesga quien tiende sus manos para aceptarlas.
Hay momentos en la vida en los que solo podemos alcanzar a ver y sentir en nuestra carne las lacerantes espinas, sabemos que es una herida que supurará para siempre. El dolor causado nos conducirá por las oscuras sendas de la tristeza más amarga. Espinas que se quedan clavadas para siempre en nuestra alma y que impiden que nuestras heridas se cierren. Pero nos quedan los recuerdos, esos pétalos prensados y secos entre las páginas de nuestra vida y que, a pesar del daño que nos provocan, se convierten en íntimos altares, en eternas ofrendas de amor dedicadas a quién nos entregó un hermoso ramo de las más fragantes y bellas rosas.
Hay otros que nos concilian con la vida, no nos compensan pero si matizan el dolor enquistado, rellenan los espacios vacíos, mitigan los tiempos muertos, besan nuestras cicatrices, nos sostienen en esos otros de caída libre y consiguen que nuestro corazón se embriague y palpite con pulso ilusionado. Nos dejamos empapar por esa suave lluvia de frescos pétalos que nos reconforta, que nos devuelve la sonrisa espontánea, que seda nuestra alma inundándola con su fragancia, convirtiéndola en un reconfortante océano de amor y ternura.
Gracias por las rosas que me ofreces cada amanecer, por esa lluvia de pétalos que me cala el corazón, anegándolo de ilusión y belleza. Gracias, Mi Alma. Lo conseguiremos.



