Se muestran los artículos pertenecientes a Octubre de 2006.
Resumen
- 01/10/2006 13:05 - (60) Rescates
- 03/10/2006 10:28 - (61) Olvido provocado.
- 07/10/2006 12:45 - (62) Una historia de terror cotidiano
- 10/10/2006 21:52 - (63) Una sonrisa y una reflexión
- 13/10/2006 14:02 - (64/66) Algún día...
- 17/10/2006 01:44 - (65/66) No puedo
- 19/10/2006 11:06 - (66/66) Melancolía
- 22/10/2006 00:05 - (67/66) Somos estupendos
- 25/10/2006 13:07 - (68/66) Destierro
(60) Rescates
Esta semana he estado desempolvado versos y prosas, releyendo entradas de hace meses, ejercitando los músculos de mi memoria recordando los instantes en las que fueron escritas, rescatando momentos en los que mi cordura y mi locura eran gemelas y, como no, volviendo a leer vuestros comentarios, exquisitas muestras de vuestra inmensa paciencia e inmerecido cariño.
Deslizarme entre esos textos olvidados, sentir de nuevo los dolorosos roces en mi piel que provocan los puntuales momentos que marcaron su parto, recontar el tiempo invertido en la recuperación de sentimientos pensados perdidos para siempre, tocar estas cicatrices de aquellas profundas heridas que, en aquellos momentos desquiciados, parecían realmente mortales; puede parecer un ejercicio de puro masoquismo emocional, pero no lo es.
Con los dolorosos recuerdos surgen en unión indisoluble, los otros, esos otros recuerdos de amistad, de apoyo, de cariño, de metas alcanzadas, de pruebas superadas, de pasos adelante, de fuerzas insospechadas...Todos ellos, los gratos y los aciagos, han ido configurando mi ser, son la justificacion que tengo para ser como soy, con todo el mérito y todo el descrédito que ello conlleva.
(61) Olvido provocado.
En este momento me gustaría olvidarme de mi alma, olvidarme de ella en algún banco de aquella alameda que tantas veces recogió los ecos de mi niñez, el eco de las risas y las voces excitadas de alegría de mis compañeros de juegos.
Hoy me pesa tanto, que la dejaría guardada debajo de la cama, para que nadie la viera, para que nadie la encontrara, escondida tras los flecos de la colcha, salvaguardada de miradas curiosas preguntándose: ¿Qué es ese guiñapo?. Quizás la tiraría al mar, para que las olas que tantas veces han recogido mis lágrimas, la mecieran suavemente hasta calmar su dolor y que, en un sueño profundo y reparador, recuperara la levedad de su ser.
Sé que no puedo olvidarla, guardarla o tirarla, lo sé, que está tan unida a mi como mis manos, mis ojos o mi corazón. Tan imprescindible como el amor y la amistad. Que recuperará su peso específico en cuanto yo reaccione y me sobreponga. Sé que sin ella yo no sería yo.
Pero hoy...............
me estorba el Alma.
(62) Una historia de terror cotidiano
El instinto de supervivencia era el único instinto, casi lo único, que le quedaba intacto e, impulsada por él, se arrastró hasta el teléfono. También su cara estaba intacta, él nunca le golpeaba en la cara. Se detuvo; apoyó la cabeza en el marco de la puerta del comedor en un intento desesperado de acallar el dolor que la poseía en cada movimiento, necesitaba recuperar el aliento, pero cada respiración profunda se convertía en un suplicio. Cerró los ojos, tomó aire despacio, muy despacio. Quiso retirarse el mechón de pelo que le caía sobre el rostro pero no pudo, su brazo izquierdo no le obedecía. Como pudo llegó hasta la consola de la entrada, tiró del cable para que el teléfono cayera. Descolgó, dejando el auricular en el suelo para poder marcar con la única mano que parecía funcionar.
Un tono...volvió a cerrar los ojos en un amago inútil de acabar con aquellas lágrimas que resbalaban por su cara.
Dos tonos...su corazón empezó a latir desbocado y colgó el teléfono con violencia: el ruido del ascensor le llegó nítido, los pasos en el rellano...y la puerta del vecino cerrándose. No era él. Un nuevo torrente de lágrimas y el dolor provocado por las convulsiones del llanto la dejaron agotada. Descolgó de nuevo y, luchando porque el miedo que la poseía no la impulsara a colgar de nuevo, esperó la voz al otro lado del teléfono: “Urgencias, en que puedo ayudarle....”. Explicó el motivo entre sollozos y dio su dirección. “Van para ahí una ambulancia y una patrulla, ¿podrá abrirles la puerta?.” Después de contestar, colgó el teléfono e intentando recuperarse, dejó correr los minutos. Pensando en lo que diría cuando llegara la ayuda que estaba en camino, llegó a la causa:
Él la quería, sabía que vendría arrepentido, llorando como un niño, queriendo que ella le consolara, que le acariciara la cabeza apoyándola en su regazo. La besaría entre susurros de “perdón”, de “no volverá a pasar”, de “te juro que no lo volveré a hacer”, de “controlaré estos celos locos que me poseen”...
Y ella ¿qué podía hacer sino perdonarle?.
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Esta historia está dedicada a todas esas víctimas (hombres y mujeres) que han aprendido que el amor duele, que el sentirse queridas incluye una paliza por su bien de vez en cuando, que el maltrato psicológico forma parte intrínseca de una relación de pareja y que han aceptado estas situaciones como algo natural. Decirles que es mentira pero que, si no piden ayuda, si siguen justificando a su agresor/a, si siguen pensando que es más importante la vergüenza social que su propia vida, nadie podrá ayudarles.
También me gustaría que hiciera meditar a alguno de los verdugos (hombres y mujeres) que han conseguido, con su actitud violenta, dominante y demencial, hacer de su hogar un infierno. Que también hay ayuda para ellos, y que, en algunos casos, aún hay una ligera esperanza de reconvertir el infierno en un hogar.
(63) Una sonrisa y una reflexión
Sé que cuando me visitáis lo hacéis por dos razones de peso: La primera es porque os encanta el piropo que os dejo al lado del besito de gracias por vuestra visita y la segunda pero no por ello menos importante, la pregunta anti-spam con la que nos regala Blogia, y digo bien, "nos" porque cada vez que comento a vuestro comentario, yo debo recibir el regalo de contestar a tan sesuda pregunta.
Pero todos sabéis que en esta vida todo tiene un precio, por lo que os tenéis que leer el rollazo que os endilgo para poder satisfacer vuestro verdadero interés al entrar en este blog. Bueno, ya no os hago sufrir más, que sé que estaréis impacientes.
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Por mucho que nos explique, que nos cuente, que creamos saber clara y nítidamente como piensa, no es fácil ponernos en la piel de otra persona. Pocas veces tratamos de calzarnos sus zapatos, sentir como siente, como asume el dolor, como padece, como trata de buscar una solución a algún problema, solución que, por evidente a veces, nos parece increíble que no vea. Llegamos a pensar incluso que, abanderando el “es por tu bien”, podemos decir claramente lo que pensamos sin caer en la cuenta de que podemos estar haciéndole daño. No creo en lo de: “Quien bien te quiere, te hará llorar”. Pienso que antes de provocar ese llanto hay otros caminos, otras rutas. No pensamos que a lo mejor no necesita que le digamos lo que nosotros haríamos, porque ni somos esa persona ni estamos en las mismas circunstancias, ni tenemos las mismas necesidades y carencias.Quizás sencillamente necesita que la escuchen sin reproches en la mirada, con toda nuestra atención, con todo nuestro cariño. Pues realmente no es nuestro papel solucionar nada, sino ser meros compañeros de viaje, compañeros de vida:Intentar que su camino sea un poquito menos duro, menos agreste, menos solitario. Podemos ser su cayado, ayudarle a llevar la maleta e incluso intentar aligerarle de lastre, pero nada más.La maleta y el camino son personales e intransferibles, algo con lo que cada uno de nosotros tendrá que completar su viaje en la vida.Y, aunque no nos guste, nos genere impotencia, desesperación o incluso dolor, debemos mentalizarnos de que no siempre la solución está en nuestras manos. Aunque ello no debe implicar que abandonemos el deseo de ayudar y, quien sabe, encontrar esa solución.
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Ya...ala...¿a que esperáis?. Venga. Un besito y gracias por vuestra visita, (parezco una servilleta de cafetería) jejeje.
(64/66) Algún día...
Si puedes reír sin miedo ¿por qué no puedes llorar sin miedo?.
(65/66) No puedo
No puedo darme el lujo de sentir como me siento en estos momentos, sé que no puedo, porque estoy... ¿soy?... tan frágil como el fino cristal de una copa de vino,... tan frágil como la rama tierna, aún brote, de un árbol en la primavera recién nacida.
Soy, estoy, no sé... ¿vulnerable?, lo sé,... ¿lo sé?...nadie tiene la culpa de eso, soy,...¿me siento?... como el neonato que llora sin saber que acaba de ser el protagonista de una vida que acaba de manifestarse y que le ha tocado en suerte.
Me he despedido tantas veces que ya no sé cuantas, he perdido la cuenta... pero hoy, una vez más, mi alma se cubre de dolor, ¿de un nuevo dolor? Si,...¿duele de nuevo?,.. no sé, pero duele distinto... mucho. ¿Más que otras veces?...seguro, cada día duele más. ¿Más que nunca?... No, porque siempre hay algo más doloroso enquistado en nuestro corazón... pero es otra nueva despedida, es otro adiós no deseado, es una añoranza aún antes de la partida...
No estoy sola, lo sé... ¿lo sé?. Pero mi espacio es más grande que mi tiempo, necesito más, no me llega, tengo estantes de sobra y necesito sentirlos ocupados. También sé que es complicado, que aunque deje ésta mi frágil alma en cada intento, en cada esfuerzo, en cada lágrima deseada, en cada verso escrito y, aunque mil libros escribiera, siempre habrá estantes vacios.
Sólo necesitaba decirlo, solamente era eso, que la angustia saliera libre de mi garganta, esa angustia que tantas veces me atenaza, que debilita mis piernas hasta que me arrodille, que consigue que el oxígeno no llegue a mi cabeza con la fluidez necesaria. Sólo necesitaba decirlo. Quizás también necesitaba unos ojos, un rostro, un hombro... a quién decírselo... es igual, ya lo he dicho.
Quizás es la primera vez que noto que el espacio de alguien y el mio miden lo mismo, que su tiempo y el mio se mueven al mismo golpe de segundero. Quizás es la primera vez que siento de verdad que alguien dejará mi hueco vacio, que tengo ese lugar en su estante esperando por mí, que nadie podrá llenarlo como lo lleno yo.
(66/66) Melancolía
Sigo triste aunque con esa tristeza resignada, madura y serena que da la experiencia y los años, o sea, la vida. Con esa tristeza que no borra la sonrisa pero que consigue hacerla más tranquila y pausada, también menos fácil, aunque más sincera y profunda. Esa tristeza melancólica de cuando sabemos que todo está bien, en su sitio, que todo es normal aunque esa normalidad no nos guste, sabiendo que todo está dentro de una normalidad que quisieramos diferente.
Una tristeza consentida, casi deseada, perfilada sobre un cielo de estrellas en las que se convierten los recuerdos revividos delante de una taza de café largo con leche bien caliente. La tristeza después de una alegría inmensa: la de poder dar esos besos y abrazos tantas veces enviados a través del viento, de conversaciones reales, de miradas en directo, de risas escuchadas sin teclados ni teléfonos por medio.
La amistad no tiene forma, espacio o tiempo, es algo que existe, que transita en cualquier forma de comunicación, que crece con el cariño y con las ganas, lo sé, pero sentirla aquí a mi lado, me ha llenado de sensaciones de plenitud, de bienestar, de sentirme más completa. Por eso, su marcha, ha aumentado la sensación de que mi espacio está un poco más vacio. Sé que no es cierto, que ella sigue aquí, a mi lado, igual que yo ocupo un trocito de su alma.
Gracias por vuestros ánimos, por vuestro cariño, por todos esos besos y abrazos que he sentido en mi alma uno a uno. Sois IMPRESIONANTES. Pero voy a abusar un poco, solo un poquito y os voy a pedir un favor: permitidme unos momentos de esta triste melancolía. Y os pido perdón por ello.
(67/66) Somos estupendos
(68/66) Destierro
Destierro mi cuerpo al bosque de Nada, de Nadie,
ese bosque que consique que mi silencio
fluya entre las voces del Tiempo.
Me inunda el asco confuso del pecado original;
ése que nunca cometí pero del que me siento culpable.
Deslizándome entre mis sombras
asoma mi alma en retazos separados en la Distancia;
a tramos feliz, a tramos desgraciada, pasa mi vida ante tus ojos.
Dejo que tu mirada sea espectadora de mi vergüenza
para que seas testigo y destino del eco
de mis lágrimas cayendo en el abismo del único sonido permitido
a mi cuerpo desgarrado de ausencias
y que mi cordura descanse en el hombro de una fría noche de invierno.



